
Más de la mitad de los hondureños deportados no regresa a su comunidad de origen. El retorno, lejos de ser un reencuentro, se convierte en un nuevo desplazamiento marcado por pobreza, miedo e incertidumbre.
Para la mayoría, migrar fue una apuesta desesperada. Volver, sin embargo, se ha convertido en una fractura emocional y territorial más profunda. Según el Informe de seguimiento sobre retorno y reintegración en Honduras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el 53.9% de las personas deportadas no hace un retorno a su municipio de origen, sino que termina reasentándose en otros departamentos o ciudades donde creen que pueden sobrevivir mejor.
Honduras los recibe, sí, pero no los reintegra. Volver al país no significa volver a casa.
Retorno, un nuevo comienzo… sin raíces
Para muchos retornados, el retorno es otro desplazamiento. Kevin, de 27 años, fue deportado tras cruzar México. Su familia vive en Olancho, pero él se instaló en Choloma:
“No podía regresar donde crecí. Allá no hay trabajo y la gente sabe que volví deportado. Aquí tampoco es fácil, pero al menos hay maquilas. Igual duermo en un cuarto alquilado. Volver no se siente como volver”, relató.
Su historia refleja un patrón claro: quienes retornan buscan zonas con opciones laborales, aunque eso implique vivir en barrios desconocidos, vulnerables y sin redes de apoyo.
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Retornados, entre la pobreza y el miedo
De acuerdo con el informe, ocho de cada diez retornados trabajan, pero la mayoría lo hace en empleos informales, temporales, mal pagados y sin estabilidad.
Esto explica por qué más del 75% vive por debajo del ingreso promedio nacional, incluso después de conseguir trabajo.
Salir del país no los sacó de la pobreza. Volver tampoco. Para muchos, regresar a su comunidad significaría exponerse a la violencia que los obligó a irse en primer lugar.
Sin arraigo: un vacío que nadie atiende
Si el país midiera el retorno solo por el número de personas que cruzan la frontera, el problema parecería resuelto.
Pero el informe del BID demuestra que el retorno tiene una dimensión territorial poco atendida: miles están siendo desplazados dentro de Honduras, sin políticas públicas que acompañen el proceso.
Volver sin un hogar al cual regresar es un retorno a medias. Un retorno sin identidad.Un retorno sin país.
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El país que los recibe… pero no los reintegra
Volver a Honduras debería significar recuperar la vida que quedó en pausa. Hoy, para más de la mitad de los retornados, significa recomenzar en tierra desconocida, sin apoyo, sin empleo digno y con la ansiedad devorando cada decisión.
La deportación los trae de vuelta. La realidad los vuelve a expulsar. Volver a Honduras, pero no a casa, es el nuevo rostro del retorno.