
La mayoría de los hondureños retornados vive los primeros meses con miedo a no tener comida suficiente y con ansiedad severa, según un informe del BID.
A simple vista, la deportación es el acto de “volver a casa”. Pero en Honduras, regresar significa enfrentar una realidad silenciosa: hambre, ansiedad, inestabilidad y miedo.
Esto no es intuición ni discurso; lo documenta el Informe de seguimiento sobre retorno y reintegración en Honduras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), elaborado con encuestas aplicadas entre uno y cuatro meses después del retorno de 1,230 hondureños deportados.
Este estudio, el primero en su tipo en el país, expone lo que casi nunca aparece en discursos oficiales: la deportación también provoca crisis emocional, pobreza extrema y angustia permanente.
Deportación: hambre después de volver
Uno de los hallazgos más fuertes del informe es que casi el 70% de los retornados sintió preocupación por no poder obtener suficientes alimentos en las dos semanas previas a la encuesta.
Es decir, la primera experiencia del retorno es el miedo a pasar hambre.
Kevin, de 23 años, deportado tras cruzar México, lo resume así: “Creí que iba a estar mejor aquí porque al menos tengo a mi familia. Pero cuando regresé no había trabajo y comíamos una sola vez al día. Uno vuelve, pero vuelve a pelear por la comida”.
Su testimonio se repite en hogares donde el salario informal, el subempleo y la falta de oportunidades convierten cada día en una prueba de resistencia.
De interés: Volver a Honduras, mujeres con menos ingresos y más ansiedad
Ansiedad: el equipaje emocional que sí regresa
El informe revela otro dato igual de alarmante: uno de cada tres retornados presenta niveles moderados o severos de ansiedad. La deportación no solo rompe planes; también deja una marca psicológica profunda.
Rosa, de 31 años, madre de dos niños, regresó después de ser detenida en EE. UU.: “Allá lloraba por mis hijos. Aquí lloro porque no sé cómo alimentarlos. La ansiedad no se va. Me despierto pensando que otra vez me voy a quedar sin nada”.
La ansiedad no está siendo atendida. No hay suficiente apoyo psicosocial en los centros de atención, y después del retorno, el acompañamiento desaparece.
El país espera que la gente “se reintegre”, pero nadie garantiza que emocionalmente puedan hacerlo.
Trabajar no cura el miedo en migrantes
Aunque ocho de cada diez retornados logra trabajar, en su mayoría en la informalidad, eso no significa que sus condiciones mejoren.
El informe muestra que más del 75% vive por debajo del ingreso promedio nacional, una pobreza que agrava la ansiedad, la alimentación deficiente y la sensación de fracaso personal y familiar.
El retorno se vuelve así un círculo vicioso: trabajar para sobrevivir, sobrevivir para trabajar.
Lea también: Más de 34,000 hondureños deportados en lo que va de 2025, la mayoría desde EEUU
La parte del retorno que el país no quiere mirar
El informe del BID deja claro que Honduras no puede seguir tratando la deportación como un procedimiento administrativo. Es una crisis humana.
Un retorno sin apoyo psicológico, sin ingresos suficientes y sin seguridad alimentaria no es reintegración: es abandono.
Mientras miles regresan cada mes, el país sigue sin una política que atienda este componente invisible:
- la angustia de no comer,
- la ansiedad que paraliza,
- la sensación de haber fallado,
- el miedo a volver a migrar porque quedarse tampoco es opción.
Regresar debería significar reencontrarse, reconstruir, respirar. Hoy, para miles de hondureños, regresar significa volver con hambre y ansiedad.