
Tras cada captura hay coerción, pobreza, violencia y manipulación. Ellas cargan la culpa; otros siguen libres.
A Rocío, como a muchas hondureñas le dijeron que solo debía caminar tres cuadras y entregar una bolsa. Nada más.
Salió nerviosa, sin entender por qué su pareja insistía en que fuera ella quien hiciera el mandado. Cuando la patrulla la detuvo, el miedo se le metió a los huesos: llevaba 180 bolsitas de droga en la mano.
No eran suyas. Tampoco lo decidió ella. Como Rocío, decenas de hondureñas son detenidas cada mes por delitos de narcomenudeo que nunca controlaron, pero que terminan devastando su vida.
Hondureñas víctimas del narco: un fenómeno oculto
La participación femenina en el microtráfico no responde al poder ni a la ganancia:responde a la vulnerabilidad.
“El narco usa a las mujeres porque son fáciles de presionar y porque nadie las protege”, explica el agente Ramírez, miembro de una unidad antinarcótica que ve este patrón repetirse en Tegucigalpa, San Pedro Sula y La Ceiba.
“Ellas no deciden. Solo reciben órdenes”.
En Honduras, los reclutadores se aprovechan de:
- La pobreza extrema,
- La dependencia económica,
- La violencia doméstica,
- El miedo a represalias,
- El rol cultural de “cuidar a la familia”,
- La falta de oportunidades laborales.
Así, las mujeres terminan siendo, la cara visible de la operación, el eslabón más débil, el que cae primero.
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Cuando la pareja controla: manipulación y miedo
El diagnóstico COPOLAD, un Programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas, describe un patrón claro: las “parejas explotadoras”, hombres que obligan a sus compañeras sentimentales a asumir tareas criminales.
En Honduras, la historia es idéntica. Rocío confesó que su novio la amenazó: “Si no vas, vos sabés qué pasa con tus hijos”.
El agente lo confirma desde la experiencia operativa: “Hemos visto mujeres que aceptan cargos para salvar al hombre, proteger a sus hijos o evitar una golpiza. Ellas creen que lo hacen por amor, pero en realidad es control absoluto”.
Son mujeres atrapadas entre:
- El miedo a la violencia,
- La presión emocional,
- Y la dependencia económica.
Al final, ellas son las capturadas. Ellos, los que manejan el negocio, siguen operando.
Víctimas forzadas a delinquir: una verdad invisibilizada
La falla del sistema: nadie investiga si fueron obligadas
El modelo judicial hondureño suele actuar así:
La pregunta clave: ¿fue forzada, manipulada o coaccionada?, casi nunca se hace.Y sin esa pregunta, la mujer pasa de víctima a criminal en cuestión de minutos.
“Aquí se criminaliza sin revisar el contexto. Muchas de estas mujeres son víctimas de trata por actividades delictivas, pero nadie lo ve”, dice el agente.
El resultado:
- Se encarcelan mujeres pobres.
- Se desprotege a sus hijos.
- No se investiga a los hombres que las reclutan.
- No se afecta la estructura criminal.
El sistema castiga al eslabón más bajo y deja intocado al verdadero operador.
Hondureñas pagan por el narco
Tras su captura, Rocío fue enviada a prisión preventiva. En su expediente no aparece que era víctima de violencia doméstica. No aparece que la obligaron. No aparece que no tenía más opción.
Lo que sí aparece es una acusación por microtráfico que puede llevarla hasta 10 años a la cárcel.
Las historias se repiten:
- La mujer que llevaba droga porque su pareja la amenazó.
- La mujer que escondió paquetes para proteger a sus hijos.
- La mujer que fungió de “correo” sin saber el contenido.
- La mujer que aceptó firmar por miedo.
Son víctimas forzadas a delinquir, pero tratadas como si fueran líderes del negocio.
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Lo que el país no está viendo
El diagnóstico COPOLAD subraya la urgencia de desarrollar mecanismos para identificar a víctimas de trata utilizadas para actividades delictivas.
En Honduras, estos mecanismos no existen o se aplican superficialmente.
El agente Ramírez lo resume: “Mientras no veamos que muchas de estas mujeres no eligieron delinquir, vamos a seguir encarcelando víctimas y dejando libres a los verdaderos culpables”.
Honduras conoce sus nombres cuando caen en una redada, no cuando sufren violencia, amenazas o hambre. Las fotografías de su captura circulan; sus historias nunca.
La narrativa pública dice que son microtraficantes. La realidad dice que son mujeres pobres, manipuladas, víctimas de violencia y usadas por el crimen.
Son hondureñas que pagan por el narco, mientras quienes las forzaron siguen operando en silencio.