
La deportación de una joven madre hondureña terminó en separación. Volvió al país sin su bebé de ocho meses, mientras su familia lucha por reunificarse.
La deportación puede suceder en silencio, sin sirenas ni persecuciones. A veces ocurre en una oficina, durante un trámite que parecía seguro. Para Kimberlyn Yaritza Menjívar Aguilar, hondureña de 22 años, ese momento terminó con esposas en las muñecas y un viaje de regreso a su país sin lo más importante: su hijo de ocho meses.
Nadie le advirtió que un proceso administrativo podía convertirse en una frontera inesperada, ni que la deportación podía irrumpir sin previo aviso y marcar su maternidad antes de su primer año.
Deportación tras un trámite que parecía seguro
Kimberlyn vivía en St. Cloud, Minnesota, junto a su pareja. Poco antes del nacimiento de su hijo, en marzo, se trasladaron a Dakota del Sur buscando estabilidad.
En septiembre acudió a una cita migratoria para registrar sus huellas dactilares, como parte de un permiso de trabajo que le aprobaron.
Durante esa cita, agentes federales le preguntaron si el bebé que la acompañaba era suyo y si estaba amamantando. Respondió con normalidad.
Minutos después fue arrestada con las manos esposadas a la espalda, según relató. Lo que siguió no fue una conversación clara, sino una cadena de decisiones que desembocaron en su deportación.
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“Me dijeron que podía llevar a mi bebé”
Según el testimonio de la joven madre, firmó un documento bajo la indicación de que, si la deportaban, podría viajar con su hijo.
Su abogado sostiene que ella entendió que no habría una separación. Sin embargo, al final del proceso, la deportación se ejecutó sin el bebé.
Desde Honduras, en una conversación por videollamada, Kimberlyn recuerda ese momento con dificultad.
No habla de política ni de tecnicismos legales: habla de la ausencia, de un vacío que no se llena con explicaciones administrativas.
Un pasado marcado por la huida y el miedo
El camino migratorio de Kimberlyn comenzó años antes. A los 17 años cruzó el Río Grande junto a su hermano menor para huir de una pandilla que intentaba reclutarlos.
La meta era reunirse con su padre en Estados Unidos. Años después, él también fue deportado.
La maternidad parecía abrir una etapa distinta. Sin embargo, la deportación volvió a irrumpir en su historia, esta vez con una consecuencia más profunda: la separación de su hijo.
El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos confirmó que existía una orden de deportación emitida en 2022.
La defensa explica que Kimberlyn no tuvo conocimiento de esa cita judicial, ya que su padre administraba su correspondencia. Posteriormente, se le concedió acción diferida, un beneficio discrecional que implica no ejecutar la deportación.
Hoy, desde la casa de sus padres en Honduras, Kimberlyn no habla de revancha ni de culpas.
“Lo único que quiero es estar con mi familia, mi bebé y mi pareja”, repite. Su abogado trabaja con la familia para explorar las vías legales que permitan la reunificación.
Para ella, la deportación no terminó al bajar del avión. Continúa cada día, en la distancia impuesta y en la espera.
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