
El narco se instaló en Colón y Gracias a Dios: primero con rutas, luego con dinero, después con miedo y al final con control total.
Mucho antes de que los nombres de grandes capos circularan en expedientes judiciales, Colón y Gracias a Dios ya tenían algo que el narcotráfico buscó desesperadamente: geografía y abandono.
“Eran territorios olvidados. El Estado solo aparecía para prometer”, recuerda un investigador hondureño en temas de seguridad, que pidió no revelar su nombre. “Eso facilitó que las primeras rutas se asentaran sin resistencia”.
La costa, los ríos caudalosos, los manglares y una frontera marítima amplia con el Caribe convirtieron la zona en puerta natural para la droga sudamericana.
Al principio, los cargamentos eran esporádicos. Luego se volvieron rutina.
Las primeras rutas: del paso ocasional al corredor narco
A finales de los años noventa y principios del 2000, las lanchas rápidas comenzaron a llegar con mayor frecuencia.
Pescadores locales recuerdan que “ya no solo se veían cayucos; aparecían botes grandes, motores potentes, gente armada”.
Un poblador de Iriona lo resume así: “Antes uno veía el mar como trabajo. Después, lo vimos como peligro”.
Las rutas se consolidaron. Ya no era solo paso: era almacenamiento, reenvío y custodia.
Colón se convirtió en corredor hacia Guatemala y México; Gracias a Dios, en punto de entrada silenciosa.
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El dinero del narco cambió las reglas
Cuando el dinero del narco llegó, todo empezó a moverse. Se compraron terrenos, casas, negocios, fincas ganaderas. El poder no entró con violencia al inicio: entró pagando.
“Primero ayudaban: pagaban caminos, daban trabajos, resolvían problemas”, explica un líder comunitario miskito. “Después ya nadie se atrevía a decirles que no”.
La economía local empezó a girar alrededor del narco. Quien no aceptaba dinero, quedaba fuera. Quien preguntaba de más, se iba… o desaparecía.
La cooptación: cuando el control dejó de ser invisible
Con el tiempo, el dominio dejó de ser discreto. Llegó la etapa más peligrosa: la cooptación abierta.
Investigadores coinciden en que policías, autoridades locales y algunos líderes comunitarios fueron absorbidos por la lógica del narco:
– avisos previos de operativos,– patrullajes “concertados”,– silencio institucional.
“Era un Estado paralelo”, resume un analista de seguridad. “Ellos decidían quién entraba, quién salía y quién mandaba en la zona”.
Los clanes y el reparto del territorio
Con el territorio asegurado, los clanes familiares tomaron forma. Ya no eran bandas pequeñas. Eran estructuras.
Los corredores quedaron bajo influencia directa o indirecta de organizaciones como Los Cachiros, Los Montes, Los Arrechavala, entre otros, con alianzas locales que garantizaron movimiento seguro, protección armada y logística.
“Colón era llave; Gracias a Dios, la bodega”, explica un agente antinarcóticos. “Si controlabas ambos, controlabas el Caribe”.
Del silencio al terror en Colón y Gracias a Dios
La etapa final fue la más brutal. Cuando el control se aseguró, la violencia se volvió método de disciplina.
Asesinatos selectivos. Amenazas públicas. Desplazamientos silenciosos. Una pobladora de La Mosquitia recuerda:
“Aquí no se hablaba de narcos. Se hablaba de quién se fue y por qué nadie preguntó”, relata. Las comunidades aprendieron a callar. La ley ya no protegía; sobrevivir era adaptarse.
Colón y Gracias a Dios siguen cargando el peso de ser corredores estratégicos en la historia del narcotráfico regional.
No solo perdieron tranquilidad: perdieron soberanía local, confianza y futuro. El narcotráfico no llegó por casualidad: llegó donde el Estado no estuvo, se quedó donde nadie lo enfrentó y creció donde se normalizó el miedo.
Y aunque hoy muchos insistan en que esa etapa quedó atrás, en la costa y la selva hay quien sabe que el dominio del narco no siempre se va con capturas. A veces, solo aprende a esconderse mejor.
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