inscritos en la escuela… ¿y la reintegración?

inscritos en la escuela… ¿y la reintegración?

La mayoría de niños y adolescentes retornados logra matricularse en la escuela apenas llegan a Honduras, pero ¿qué ocurre después de su inscripción?

A primera vista, Honduras parece responder bien a la niñez retornada. Según el Informe de seguimiento sobre retorno y reintegración en Honduras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la mayoría de la niñez retornada logra inscribirse en la escuela dentro de los primeros meses de haber regresado al país.

Es un dato que tranquiliza… hasta que se formula la pregunta que estructura esta historia: ¿Y la reintegración?

Porque inscribir es un trámite. Integrar es un proceso. Y Honduras, por ahora según el informe, solo está cumpliendo el trámite.

Niñez retornada: las historias reales

Julia, de 12 años, llegó a Tegucigalpa junto a su madre tras ser detenidas en la frontera sur de Estados Unidos. A los dos días ya estaba matriculada en un centro básico.

Pero la ansiedad que arrastró del viaje, las noches sin dormir, las detenciones, la separación temporal de su madre, no se quedó en el pasado. Entró al aula con ella.

“Lloraba por las mañanas, decía que tenía miedo. Las maestras la recibían con cariño, pero me llamaron para que fuera por ella. Está inscrita, sí, pero no está bien”, cuenta su madre.

El informe del BID evidencia que uno de cada tres retornados presenta ansiedad moderada o severa.

Esa es una realidad que también golpea a los niños que viven el retorno como un episodio traumático que la escuela no está preparada para enfrentar.

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Asistir a niños retornados no es integrar

Muchos niños retornados llegan con meses, incluso años, fuera del sistema escolar. Esto provoca:

  • rezago académico notable,
  • dificultad para seguir el ritmo,
  • ansiedad ante evaluaciones,
  • vergüenza al no comprender los contenidos,
  • estigmatización por parte de otros estudiantes.

A Marco, de 14 años, lo deportaron desde México. Lo inscribieron en séptimo grado, pero abandonó la escuela al poco tiempo.

“La profe explicaba cosas que yo nunca vi. Me daba pena preguntar. Un día ya no fui y nadie vino a verme”, recuerda.

Su caso revela una falla crítica: el país celebra la matrícula, pero no mide la permanencia ni el verdadero aprendizaje de la niñez retornada.

Escuelas que hacen esfuerzos, pero sin herramientas

Directores y docentes intentan apoyar, pero no existe un protocolo nacional para atender a niños retornados con trauma emocional, rezago pedagógico o rupturas familiares.

No hay evaluaciones psicológicas obligatorias, no hay nivelaciones académicas estructuradas, no hay seguimiento diferenciado.

El informe del BID señala que el retorno está lleno de brechas y que la reintegración depende más de la buena voluntad de actores locales que de una política pública real.

Menores retornados, entre el uniforme y el hambre

El regreso al aula ocurre mientras las familias viven un contexto de extrema vulnerabilidad. El mismo informe documenta que:

  • casi el 70% de los retornados teme no tener suficiente comida,
  • más del 75% vive por debajo del ingreso promedio nacional,
  • las mujeres retornadas reciben aún menos ingresos, lo que afecta de forma directa el acceso de los niños a material escolar, uniformes y transporte.

¿Cómo aprender cuando la preocupación es comer? ¿Cómo reintegrarse sin estabilidad emocional ni económica?

La inscripción escolar es un logro importante, sí. Pero la pregunta del título sigue abierta: ¿y la reintegración?

Porque reintegrar significa asegurar que un niño:

  • aprenda,
  • permanezca,
  • sane,
  • se adapte,
  • y encuentre un lugar en su comunidad.

Hoy, cientos de niños retornados están en las aulas, pero no necesariamente dentro del sistema. Matriculados, pero no acompañados. Presentes, pero no integrados.

La inscripción es un comienzo. La reintegración sigue siendo una deuda.

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